lunes, 29 de abril de 2013

Decencia parlamentaria

Desde los orígenes de la humanidad, los pueblos cazadores y recolectores vieron la necesidad de organizarse en tribus, donde existía la figura del jefe de la tribu y el consejo de ancianos. A los antiguos atenienses se atribuye la formalización de las primeras instituciones representativas democráticas (las denominadas asambleas) que reunían a todos los ciudadanos libres, y el consejo, formado por 500 de ellos. Fue en la Edad Media cuando se adoptó el término de parlamento para designar a la reunión de nobles, ciudadanos y miembros del clero convocados por los reyes.

Etimológicamente el origen del vocablo viene del francés, parlement, que a su vez deriva del latín parler, o sea hablar. Por eso la noción de parlamento, además de para designar a la asamblea de representantes con capacidad legislativa, o al edificio que los reúne, se utiliza para designar un discurso o charla (decimos: El parlamento del abogado fue interrumpido por la defensa).

 Por lo tanto un parlamento es desde su misma esencia el lugar por excelencia de hablar, de entenderse parlando. Lo más inadecuado del mismo son actos como el del Sr. José Manuel Beiras la semana pasada.

El parlamentario que necesita ir más allá de las palabras sobra del parlamento. Además pierde toda la razón que pudiera tener. Pero para colmo el golpe iba acompañado de una petición de decencia. Señor Beiras, no se puede pedir "decencia" sin ella, y dice el diccionario que decencia es, aparte de compostura o recato, "Dignidad en los actos y en las palabras, conforme al estado o calidad de las personas".

 Dicho esto, es fundamental señalar que la esencia del palamentar no es el hecho de hablar, no es el marujeo encorsetado por el protocolo, sino que se habla para solucionar los problemas de los ciudadanos.

Por tanto, y a la vista de la cifra de 6,202,700 parados, quizá deberían pensar en disolver partidos, y o trabajar juntos o disolver el Parlamento y dejar paso expertos.